Archivos para marzo, 2013

© 2013. Todos los derechos reservados por Maka. "Granada".

© 2013. Todos los derechos reservados por Maka. “Granada”.

“Una vez, mientras vivía yo en el corazón de una granada, oí que una semilla decía:
-Algún día me convertiré en un árbol, y cantará el viento en mis ramas, y el sol danzará en mis hojas, y seré fuerte y hermoso en todas las estaciones.
Luego, otra semilla habló, y dijo: -Cuando yo era joven, como tú ahora, yo también pensaba así; pero ahora que puedo ponderar mejor todas las cosas, veo que mis esperanzas eran vanas.
Y una tercera semilla se expresó así: -No veo en nosotras nada que prometa tan brillante futuro.
Y una cuarta semilla dijo: – ¡Pero que ridícula sería nuestra vida, sin la promesa de un futuro mejor!
La quinta semilla opinó: -¿Para qué disputar acerca de lo que seremos, si ni siquiera sabemos lo que somos?
Pero la sexta semilla replicó: -Seamos lo que seamos, lo seremos siempre.
Y la séptima semilla comentó: -Tengo una idea muy clara acerca de cómo serán las cosas en lo futuro, pero no la puedo expresar con palabras.
Y luego habló una octava semilla, y una novena, y luego una décima, y luego muchas, hasta que todas hablaban a un tiempo y no pude distinguir nada de lo que decían todas esas voces.
Así pues, aquel mismo día me mudé al corazón de un membrillo, donde las semillas son escasas y casi mudas.”

(“La granada” es un cuento extraído del libro “El loco” (1918) de Ŷibrān Jalīl Ŷibrān)

Maka

Thomas Gray (1716-1771), poeta inglés perteneciente al grupo conocido como Graveyard Poets, considerados los precursores del género gótico.

“Elegy Written in a Country Churchyard” (Traducido por RUPÉREZ, Ángel. “Antología de la poesía inglesa”. Madrid: Austral, 2000).

© 2013. Todos los derechos reservados por Maka. "Lejos del mundanal ruido".

© 2013. Todos los derechos reservados por Maka. “Lejos del mundanal ruido”.

El toque de campana dobla al caer la tarde,

y el balar del rebaño cruza tranquilo el prado;

vuelve a casa el labriego con su paso cansado,

dejándonos el mundo a la noche y a mí.

El desvaído paisaje va perdiendo colores

y en todo el aire flota una solemne calma,

que sólo rompe el ruido del moscardón volando

y el cencerreo monótono de lejanos rebaños;

de la torre a lo lejos recubierta de hiedra

la afligida lechuza a la luna se queja

de los que merodean por sus íntimas ramas,

perturbando su antiguo y desierto dominio.

Bajo estos toscos olmos, a la sombra del tejo,

donde la hierba crece en sinuosos montones,

yaciendo para siempre, en sus angostas celdas,

los sencillos ancestros de la aldea reposan.

Ni el alegre reclamo del alba perfumada,

el vencejo gorjeando sobre los cobertizos,

el gallo cantarín o el eco de las cuernas

podrán ya levantarlos de sus humildes lechos.

Para ellos nunca más calentará ya el fuego,

ni la ajetreada esposa le ofrecerá sus mimos:

no habrá niños que corran gangueando a su regreso

trepando a sus rodillas para el deseado beso.

Con frecuencia a su hoz se rendían las cosechas

y su surco ya ha roto la endurecida tierra.

¡Cuán felices guiaban sus yuntas por el campo!

¡Cómo ante su firme hacha se rendían los bosques!

Que la Ambición respete su provechoso esfuerzo,

sus gozos hogareños y su destino oscuro;

que la Grandeza escuche sin risa desdeñosa

las sencillas y simples historias de los pobres.

La gloria de la heráldica, la pompa del poder,

y todo lo que aportan la riqueza y belleza

aguardan por igual la inevitable hora:

los senderos de gloria conducen a la tumba.

Y vosotros, altivos, no los culpéis del hecho

de que en sus tumbas no haya trofeos a la Memoria,

mientras que en los pasillos largos, de rancias criptas,

el sonoro motete aumenta la alabanza.

¿Pueden urnas grabadas o bustos animados

hacer volver a casa el efímero hálito?

¿Puede la voz altruista retar al mudo polvo

o ablandar los halagos a la fría y sorda muerte?

En este sitio ausente, quizá puede que duerma

algún alma insuflada de fuego celestial

o unas manos que asieran el cetro del imperio,

o que a la eterna lira al éxtasis llamaran.

Pero el Conocimiento a sus ojos jamás

desplegó su amplia página con el saber del tiempo;

la gélida Penuria reprimió su noble ira,

helando en esas almas su torrente genial.

Muchas piedras preciosas del más puro color

soportan sombrías cuevas del insondable océano:

muchas flores se abren sin que nadie las vea

y malgastan su aroma en el aire desierto.

Algún Hampden aldeano, que con corazón bravo

soportó al tiranuelo que mandaba en sus campos;

algún callado Milton o algún Cromwell sin culpa

de la sangre en su tierra, puede que aquí descansen.

Ordenar el aplauso del paciente senado,

despreciar la miseria y el reto del dolor,

distribuir la abundancia sobre risueñas tierras

y contar sus historias a ojos de la nación

prohibióselo la suerte: no sólo limitando

sus crecientes virtudes sino también sus crímenes;

prohibióles alcanzar con masacres el trono

y cerrarles las puertas de la piedad a los hombres,

ocultar las punzadas de la verdad consciente,

sofocar los rubores de la ingenua vergüenza

o colmar los altares del Orgullo y Lujuria

con incienso prendido en llamas de la Musa.

Lejos de las refriegas de las turbas febriles

sus sensatos deseos nunca fueron erróneos;

junto al frío y recluido páramo de la vida

transcurrió silencioso el curso de su viaje.

Y así, por proteger estos huesos de ultrajes

muy cerca se erigieron frágiles monumentos

adornados con toscas esculturas y versos,

implorando al transeúnte la ofrenda de un suspiro.

Sus nombres y sus años la inculta musa enuncia,

la causa de su fama y la razón del poema:

y siembra junto a ellos muchos textos sagrados

que enseñan a morir al moralista aldeano.

¿Quién sintiéndose presa del estúpido olvido

renunció a una existencia ávida y agradable

dejando atrás lo cálido de los días felices,

sin mirar hacia atrás con tenaz añoranza?

El alma que se marcha confía en un cuerpo amado,

los ojos que se cierran requieren llanto amigo;

desde la tumba incluso la Natura nos llama

y hasta en nuestras cenizas sus anhelos habitan.

A ti, que te preocupas por los muertos anónimos

estas líneas te narran sus sencillas historias;

si alguna vez guiada por su retraída vida

se acercara algún alma a conocer tu sino,

podría un zagal granado decir alegremente:

“Con frecuencia lo vimos al despuntar el alba

con paso presuroso evitando el rocío

para el sol descubrir en los prados del valle.

Allí, al pie de aquella combada y lejana haya

que ascendiendo retuerce sus míticas raíces,

su longitud indolente al mediodía alargaba

y en sonoros arroyos fijaba la mirada.

Junto a aquel bosque estaba sonriendo desdeñoso,

vagaba murmurando veleidosas quimeras,

cabizbajo, afligido, cual niño abandonado,

de preocupación loco o por amor herido.

Un día noté su ausencia por la colina amiga,

al lado de los brezos, junto a su árbol querido;

y transcurrió otro día: mas ya no lo encontraron

ni al lado del arroyo, en el bosque o el prado;

Al siguiente, con cánticos y vestidos de luto,

lentamente a la iglesia vimos que lo llevaban.

Acércate (tú puedes) y lee esta inscripción

grabada aquí en la lápida bajo el vetusto espino”.

Epitafio

Aquí yacen los restos, en la tierra materna,

de un joven ignorado por la Fama y Fortuna;

bien aceptó la Ciencia su humilde nacimiento,

Melancolía marcólo como si fuera suyo.

Tan grande fue su entrega como su alma sincera,

por eso envióle el Cielo una gran recompensa:

su fortuna (una lágrima) se la dio a la Miseria,

un amigo (su anhelo) arrebatóle al cielo.

Para poder contarlos no examines sus méritos

ni saques sus flaquezas de su feroz morada:

allí también reposan con trémula esperanza

el seno de su Padre y el seno de su Dios.

Maka

José Asunción Silva (1865 – 1896), poeta colombiano.

¡Oh voces silenciosas de los muertos!
Cuando la hora muda
y vestida  de fúnebres crespones,
desfilar haga ante mis turbios ojos
sus  fantasmas inciertos,
sus pálidas visiones…

¡Oh voces silenciosas  de los muertos!
En la hora que aterra
no me llaméis hacia el pasado  oscuro,
donde el camino de la vida cruza
los valles de la  tierra.

¡Oh voces silenciosas de los muertos!
Llamadme hacia la  altura
donde el camino de los astros corta
la gélida negrura;
hacia la playa donde el alma arriba,
llamadme entonces, voces  silenciosas,
¡hacia arriba!… ¡hacia arriba!…

© 2013. Todos los derechos reservados por Maka. "En la hora muda".

© 2013. Todos los derechos reservados por Maka. “En la hora muda”.

Maka