Invocación a Hécate por ALEISTER CROWLEY

© 2013. Todos los derechos reservados por Maka. "Diosa Madre".

© 2013. Todos los derechos reservados por Maka. “Diosa Madre”.

¡Oh triple silueta de oscuridad! ¡Esplendor sombrío!
¡Tú, luna celada a los hombres! ¡Tú, espantable cazadora!
¡Tú, coronado demonio de los muertos sin corona!
¡Oh senos de sangre, tan amargos y tan tiernos!
¡Celada de la amena primavera,
Permite que la ofrenda
Yo rinda al sepulcral destello de tu altar!
¡Yo sacrifico la bestia negra! Yo hago entrega del brote
Sembrado en el crepúsculo, y cosechado en la penumbra
Bajo la luna menguante,
Cuando la medianoche apenas hace relumbrar el Este;
Y el cordero negro del extinto vientre de la oveja negra
Te rindo, y entono la lenta melodía infernal
Que conviene a tu escogido sacerdote.
Aquí donde la franja del Océano irrumpe en el camino
Hollado de negro, que se inclina intensamente, hacia el abismo,
Te he de saludar con el beso innombrable
Exhalado hacia la morada más remota
De tu deseo supremo. Yo he de prender el fuego
Desde el cual tus salvajes estrigas seguirán el son de la lira,
Desde el cual tus Lémures se congregarán y se alzarán en torno,
Cercándome en el triste campo de muerte
Con sus rostros vueltos,
¡Mi rostro demudado! Yo he de consumar
El obsceno acto de veneración, ¡Oh celebrado
Horror sobre la tierra, y horror en el infierno, y negro
Horror en el cielo más allá del Destino!

¡Escucho el lamento de tus lobos! Escucho
El aullar de los sabuesos en torno a tu silueta,
Que llega en el terror de tu tormenta,
Y la noche cae más rápido, antes de que tus ojos se muestren
Destellando en la niebla.
¡Oh rostro de mujer nunca besada
Salvo por los muertos privados de amor sin saberlo!
¡A ti, a ti te llamo! ¡Oh funesta!¡Oh divina!
¡Yo, el único mortal, busco tu altar de muerte,
Vierto el oscuro chorro de sangre,
Un río somnoliento y reticente
Incluso mientras te acercas, con tus ojos en los míos,
Hacia mí cruzando la corriente adormecedora
Que retiene mi alma para siempre!

Maka

“La infidelidad irremediable”, JOSEFA PARRA

© 2013. Todos los derechos reservados por Maka.  "De pellejo y hueso".

© 2013. Todos los derechos reservados por Maka. “De pellejo y hueso”.

 

Si, al final,

ha de comer la tierra tus delicados huesos,

y ha de dormir tu boca como una orquídea tierna

debajo de raíces y lianas, qué importa

que estés tan descubierto y accesible,

que encauces tu saliva en otros surcos,

que te des a pedazos cada noche

como Profana, y Cruel, y Santa Forma.

 

Si, al final,

has de ser a despecho de tu carne radiante

y de todo el deseo con que te he coronado

espléndido despojo que posea la muerte…

 

De “Elogio a la mala yerba” (1996).

Josefa Parra (1965, Jerez de la Frontera, Cádiz). Licenciada en Filología Hispánica, es columnista de opinión en prensa diaria y revistas de literatura. Su poesía ha sido traducida a diversos idiomas y su obra literaria ha sido galardonada con varios premios.

Maka

“Soy como un espíritu que mora…”, PERCY BYSSHE SHELLEY

Soy como un espíritu que mora
en lo más hondo del corazón.
Siento sus sentimientos,
pienso sus pensamientos
y escucho las conversaciones más íntimas del alma,
la voz que sólo se oye en el rumor de la sangre,
cuando el vaivén de los latidos
se asemeja al sosegado oleaje del océano estival.

He desatado la melodía dorada
de su alma profunda y me he zambullido en ella
y, como el águila en medio de la bruma y la tormenta,
he dejado que mis alas se adornasen
con el fulgor de los rayos.

© 2013. Todos los derechos reservados por Maka.  "Blut ist Leben!".

© 2013. Todos los derechos reservados por Maka. “Blut ist Leben!”.*

*  “¡La Sangre es Vida! “

Percy Bysshe Shelley (1792-1822) fue uno de los poetas más destacados del Romanticismo inglés.

Maka

Fragmentos “Las joyas de la serpiente”, PILAR PEDRAZA

 

” No parecía sino que la vida que había abandonado a Engracia se hubiera expandido por el aire como un perfume que a todos era dado aspirar, y el hecho de que pudiéramos incorporarnos aquel aire tibio y perfumado parecía -al menos, para mí- un acto de canibalismo espiritual, una comunión sacrílega, pero también infinitamente amable”.

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” Se llevó las manos amarillentas al rostro y se tapó aquellos ojos terribles, que brillaban en la penumbra como carbones. Sollozó sin lágrimas, roncamente, expresando un dolor que estaba más allá de mi comprensión, pero no de mi sentimiento: porque sentí la cualidad de aquel dolor áspero y seco, que me hizo estremecer hasta la médula. Y pensé que si la muerte es un estado tan espantoso, es preferible aferrarse a la vida y retrasar hasta el límite el momento de caer en semejantes abismos, poblados por Dios sabe qué fantasmas y creadores de necesidades inconcebibles para los vivos”.

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” Luciferia era un gran castillo rectangular, ocupado en sus tres cuartas partes por una biblioteca inmensa, que contenía todos los libros escritos en el Universo, los que han sido pensados y no han llegado a escribirse, y los que hubieran sido ideados o escritos por los muertos. Y no sólo se hallaban almacenados allí los libros de los hombres de la Tierra -encuadernados en suave piel humana-, sino los de los habitantes de todo el mundo. Miríadas de millones de volúmenes se apilaban en atestadas estanterías, situadas en galerías y pasillos infinitos y estrechísimos, que apenas permitían el paso de un hombre y que formaban laberintos de calles”.

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” Cuando hubimos comido, Lilith se levantó para hacer una libación en honor de la Luna, que se cubrió al punto de una espesa niebla roja. Entonces llovió sangre oscura que olía a mujer, y una gran templanza descendió del cielo, una tibieza fecunda y cenagosa, preñada de vida. La noche se ahondó, y resonó como el gemido de un parto monstruoso”.

 

© 2013. Todos los derechos reservados por Maka.  "Las joyas de la serpiente".

© 2013. Todos los derechos reservados por Maka. “Las joyas de la serpiente”.

 

Pilar Pedraza (Toledo, 1951), escritora española de culto, cuya obra tiene dos vertientes principales: narrativa de terror y ensayo. Doctora en Historia y profesora de Historia del Arte de la Universidad de Valencia, compagina la docencia y la investigación con la creación literaria. Sus personajes y ambientes son inquietantes, estando presente lo sobrenatural, la locura, la muerte y el placer sadomasoquista.

” Las joyas de la serpiente” (1984), fue su primera novela con la que gana el Premio Ciudad de Valencia 1984 y Premio de la Crítica.

Maka

PLANTAS MÁGICAS: HIERBA DE SAN JUAN

Su nombre científico es Hypericum perforatum. También la conocemos como Hierba de San Juan (basado en la leyenda que hace referencia a la decapitación de San Juan Bautista), Hipérico (de Helios Hyperion, ‘Sol en lo más alto’  Dios del Sol para los griegos. En algunos textos mitológicos aparece Helios e Hyperion como dioses diferentes) o Corazoncillo, entre otros.

De la familia de las gutíferas, alcanza hasta un metro de altura y es amante de los lugares próximos a los humanos por eso crece, entre Junio y Septiembre, en los bordes de los caminos, además de encontrarla en campos abandonados soleados, entre la maleza y las zarzas. Los tallos ramificados poseen hojas alternas que miradas al trasluz, y debido a las glándulas de aceite (que absorben la luz solar y estelar), parecen “perforadas”, de ahí su nombre botánico. Las flores son de color amarillo vivo de cinco pétalos, con diminutos puntos negros y numerosos estambres. La parte de la planta que se utiliza para cosmética y como remedio natural son las sumidades floridas. Se recolecta sin arrancar la planta, de forma que siempre pueda continuar su reproducción.

Médicos antiguos como Hipócrates, Plinio el Viejo, Dioscórides o Galeno ya conocían las virtudes de esa planta: cicatrizante, antiséptico, somnífero y antibacteriano. Es el mejor antidepresivo natural por su carga solar tan potente, es como la luz en la oscuridad más profunda, de ahí su efecto beneficioso para esta enfermedad. Está recomendada para tratar heridas internas y externas: ulceraciones, quemaduras producidas por la acción del sol, eritemas, contusiones, calambres musculares, varices, neuralgias, trastornos del sueño y tensión nerviosa. Contiene aceite esencial, tanino, flavonoides, hipericina (produce fotosensibilidad), hiperósido, rutina y quercetol.

Sus propiedades mágicas alcanzan su plenitud durante el solsticio de verano, cuando está en el apogeo de su floración. Es una de las plantas que forman el caldero mágico de la noche de San Juan.

Los griegos creían que su aroma alejaba a los malos espíritus y apariciones, creencia que persistió a lo largo de la Edad Media. Se quemaba en la casa donde se pensaba que había entrado el demonio; con el nombre de “fuga demonum” (el azote del demonio) se utilizó en exorcismos por sus virtudes cabalísiticas. De forma preventiva, se colgaban ramilletes de Hierba de San Juan en las ventanas del hogar para que las brujas y los magos con malas intenciones no pudieran entrar, así como sus maleficios.

© 2013. Todos los derechos reservados por Maka. "Hierba de San Juan".

© 2013. Todos los derechos reservados por Maka. “Hierba de San Juan”.

 

Maka

“La Muerta”, GUY DE MAUPASSANT

¡La había amado desesperadamente! ¿Por qué se ama? Cuan extraño es ver un solo ser en el mundo, tener un solo pensamiento en el cerebro, un solo deseo en el corazón y un solo nombre en los labios… un nombre que asciende continuamente, como el agua de un manantial, desde las profundidades del alma hasta los labios, un nombre que se repite incesantemente, que se susurra una y otra vez, en todas partes, como una plegaria.

Voy a contarles nuestra historia, ya que el amor sólo tiene una, que es siempre la misma. La conocí y viví de su ternura, de sus caricias, de sus palabras, en sus brazos tan plenamente envuelto, atado y absorbido por todo lo que procedía de ella, que no me importaba ya si era de día o de noche, ni si estaba muerto o vivo, en este nuestro antiguo mundo.

Y luego ella murió. ¿Cómo? No lo sé; hace tiempo que no sé nada. Pero una noche regresó a casa muy mojada, pues llovía intensamente, y al día siguiente tosía, y tosió durante una semana, y tuvo que guardar cama. No recuerdo ahora lo que ocurrió, pero los médicos llegaron, escribieron y se marcharon. Se compraron medicinas, y algunas mujeres se las hicieron beber. Sus manos estaban muy calientes, sus sienes ardían y sus ojos estaban brillantes y tristes. Cuando yo le hablaba me contestaba, pero no recuerdo lo que decíamos. ¡Lo he olvidado todo, todo, todo! Ella murió, y recuerdo perfectamente su leve, débil suspiro. La enfermera dijo: “¡Ah!” ¡y yo comprendí! ¡Y yo entendí!

Me preguntaron acerca del entierro pero no recuerdo nada de lo que dijeron, aunque sí recuerdo el ataúd y el sonido del martillo cuando clavaban la tapa, encerrándola a ella dentro. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío!

¡Ella estaba enterrada! ¡Enterrada! ¡Ella! ¡En aquel agujero! Vinieron algunas personas… mujeres amigas. Me marché de allí corriendo. Corrí y luego anduve a través de las calles, regresé a casa y al día siguiente emprendí un viaje.

Ayer regresé a París, y cuando vi de nuevo mi habitación (nuestra habitación, nuestra cama, nuestros muebles, todo lo que queda de la vida de un ser humano tras la muerte), me invadió tal asalto de nostalgia y de pesar, que sentí deseos de abrir la ventana y de arrojarme a la calle. No podía permanecer ya entre aquellas cosas, entre aquellas paredes que la habían encerrado y la habían cobijado, que conservaban un millar de átomos de ella, de su piel y de su aliento, en sus imperceptibles grietas. Cogí mi sombrero para marcharme, y antes de llegar a la puerta pasé junto al gran espejo del vestíbulo, el espejo que ella había colocado allí para poder contemplarse todos los días de la cabeza a los pies, en el momento de salir, para ver si lo que llevaba le caía bien, y era lindo, desde sus pequeños zapatos hasta su sombrero.

Me detuve delante de aquel espejo en el cual se había contemplado ella tantas veces… tantas veces, tantas veces, que el espejo tendría que haber conservado su imagen. Estaba allí de pie, temblando, con los ojos clavados en el cristal -en aquel liso, enorme, vacío cristal- que la había contenido por entero y la había poseído tanto como yo, tanto como mis apasionadas miradas. Sentí como si amara a aquel cristal. Lo toqué; estaba frío. ¡Oh, el recuerdo! ¡Triste espejo, ardiente espejo, horrible espejo, que haces sufrir tales tormentos a los hombres! ¡Dichoso el hombre cuyo corazón olvida todo lo que ha contenido, todo lo que ha pasado delante de él, todo lo que se ha mirado a sí mismo en él o ha sido reflejado en su afecto, en su amor! ¡Cuánto sufro!

Me marché sin saberlo, sin desearlo, hacia el cementerio. Encontré su sencilla tumba, una cruz de mármol blanco, con esta breve inscripción:

Amó, fue amada y murió.

¡Ella está ahí debajo, descompuesta! ¡Qué horrible! Sollocé con la frente apoyada en el suelo, y permanecí allí mucho tiempo, mucho tiempo. Luego vi que oscurecía, y un extraño y loco deseo, el deseo de un amante desesperado, me invadió. Deseé pasar la noche, la última noche, llorando sobre su tumba. Pero podían verme y echarme del cementerio. ¿Qué hacer? Buscando una solución, me puse en pie y empecé a vagar por aquella necrópolis. Anduve y anduve. Qué pequeña es esta ciudad comparada con la otra, la ciudad en la cual vivimos. Y, sin embargo, no son muchos más numerosos los muertos que los vivos. Nosotros necesitamos grandes casas, anchas calles y mucho espacio para las cuatro generaciones que ven la luz del día al mismo tiempo, beber agua del manantial y vino de las vides, y comer pan de las llanuras.

¡Y para todas estas generaciones de los muertos, para todos los muertos que nos han precedido, aquí no hay apenas nada, apenas nada! La tierra se los lleva, y el olvido los borra. ¡Adiós!

Al final del cementerio, me di cuenta repentinamente de que estaba en la parte más antigua, donde los que murieron hace tiempo están mezclados con la tierra, donde las propias cruces están podridas, donde posiblemente enterrarán a los que lleguen mañana. Está llena de rosales que nadie cuida, de altos y oscuros cipreses; un triste y hermoso jardín alimentado con carne humana.

Yo estaba solo, completamente solo. De modo que me acurruqué debajo de un árbol y me escondí entre las frondosas y sombrías ramas. Esperé, aferrándome al tronco como un náufrago se agarra a una tabla.

Cuando la luz diurna desapareció del todo, abandoné el refugio y eché a andar suavemente hacia aquel espacio de muertos. Caminé de un lado para otro, pero no logré encontrar la tumba de mi amada. Avancé con los brazos extendidos, chocando contra las tumbas con mis manos, mis pies, mis rodillas, mi pecho, incluso con mi cabeza, sin conseguir encontrarla. Anduve a tientas como un ciego buscando su camino. Palpé las lápidas, las cruces, las verjas de hierro, las coronas de metal y las coronas de flores marchitas. Leí los nombres con mis dedos pasándolos por encima de las letras. ¡Qué noche! ¡Qué noche! ¡Y no pude encontrarla!

No había luna. ¡Qué noche! Estaba asustado, terriblemente asustado, en aquellos angostos senderos entre dos hileras de tumbas. ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Sólo tumbas! A mi derecha, a la izquierda, delante de mí, a mi alrededor, en todas partes había tumbas. Me senté en una de ellas, ya que no podía seguir andando. Mis rodillas empezaron a doblarse. ¡Pude oír los latidos de mi corazón! Y oí algo más. ¿Qué? Un ruido confuso, indefinible. ¿Estaba el ruido en mi cabeza, en la impenetrable noche, o debajo de la misteriosa tierra, la tierra sembrada de cadáveres humanos? Miré a mi alrededor, pero no puedo decir cuánto tiempo permanecí allí. Estaba paralizado de terror, helado de espanto, dispuesto a morir.

Súbitamente, tuve la impresión de que la losa de mármol sobre la cual estaba sentado se estaba moviendo. Se estaba moviendo, desde luego, como si alguien tratara de levantarla. Di un salto que me llevó hasta una tumba vecina, y vi, sí, vi claramente cómo se levantaba la losa sobre la cual estaba sentado. Luego apareció el muerto, un esqueleto desnudo, empujando la losa desde abajo con su encorvada espalda. Lo vi claramente, a pesar de que la noche estaba oscura. En la cruz pude leer:

Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Amó a su familia, fue bueno y honrado y murió en la gracia de Dios.

El muerto leyó también lo que había escrito en la lápida. Luego cogió una piedra del sendero, una piedra pequeña y puntiaguda, y empezó a rascar las letras con sumo cuidado. Las borró lentamente, y con las cuencas de sus ojos contempló el lugar donde habían estado grabadas. A continuación, con la punta del hueso de lo que había sido su dedo índice, escribió en letras luminosas, como las líneas que los chiquillos trazan en las paredes con una piedra de fósforo:

Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Mató a su padre a disgustos, porque deseaba heredar su fortuna; torturó a su esposa, atormentó a sus hijos, engañó a sus vecinos, robó todo lo que pudo y murió en pecado mortal.

Cuando terminó de escribir, el muerto se quedó inmóvil, contemplando su obra. Al mirar a mi alrededor vi que todas las tumbas estaban abiertas, que todos los muertos habían salido de ellas y que todos habían borrado las líneas que sus parientes habían grabado en las lápidas, sustituyéndolas por la verdad. Y vi que todos habían sido atormentadores de sus vecinos, maliciosos, deshonestos, hipócritas, embusteros, ruines, calumniadores, envidiosos; que habían robado, engañado, y habían cometido los peores delitos; aquellos buenos padres, aquellas fieles esposas, aquellos hijos devotos, aquellas hijas castas, aquellos honrados comerciantes, aquellos hombres y mujeres que fueron llamados irreprochables. Todos ellos estaban escribiendo al mismo tiempo la verdad, la terrible y sagrada verdad, la cual todo el mundo ignoraba, o fingía ignorar, mientras estaban vivos.

Pensé que también ella había escrito algo en su tumba. Y ahora, corriendo sin miedo entre los ataúdes medio abiertos, entre los cadáveres y esqueletos, fui hacia ella, convencido de que la encontraría inmediatamente. La reconocí al instante sin ver su rostro, el cual estaba cubierto por un velo negro; y en la cruz de mármol donde poco antes había leído:

Amó, fue amada y murió.

Ahora leí:

Habiendo salido un día de lluvia para engañar a su amante, enfermó de pulmonía y murió.

Parece que me encontraron al romper el día, tendido sobre la tumba, sin conocimiento.

© 2013. Todos los derechos reservados por Maka. "Los muertos se fueron".

© 2013. Todos los derechos reservados por Maka. “Los muertos se fueron”*.

Henry René Guy de Maupassant (1850-1893), cronista y escritor francés de cuentos, relatos y novelas. Autor destacado en el género de terror.

* Foto tomada en el Cementerio Viejo de Jaén. Considerado como BIC; actualmente en ruinas y cerrado.

Maka