Plantas Mágicas: Lirio De Los Incas, Flor de Amancay

El lirio de los Incas o el lirio del Perú es una de las últimas plantas que han llegado recientemente a mi vida. De las más especiales que he tenido por la cultura a la que pertenece, el lugar del que procede.

Algunas flores tienen significados profundos detrás de sus nombres, pero el término Alstroemeria proviene de El Barón Claus Alstroemer (1736-1794), joven naturalista de nacionalidad sueca que viajó a Sudamérica para investigar la flora de dicha región y que la llevó a Europa a mediados del siglo XVII. Trajo consigo semillas de alstroemerias, que fueron entregadas a Carl Von Linne (1707-1778), médico y catedrático de botánica en la Universidad de Uppsala.
La podemos encontrar en Argentina, Bolivia, Perú, Chile, Brasil, Ecuador, Paraguay.
Es una planta rizomática perenne muy popular. Los tallos verticales tienen hojas lanceoladas deciduas de 10 a 12 cm de largo, de color gris verdoso a verde medio, con un pecíolo rizado.
Las flores, que se encuentran entre el Lirio y la Azucena, florecen todo el verano, y en ocasiones son de dos colores. Tienen forma de embudo con seis pétalos de 4 a 10 cm de largo y se producen en umbelas terminales. Las flores vienen en una amplia variedad de colores, incluyendo tonos de rojo, naranja, morado, verde y blanco, generalmente estampados con pecas, rayas claras y rayas más oscuras.

Esta maravillosa planta, simboliza una amistad duradera y un amor eterno entre la persona que regala la flor y quien la recibe. También se cree que simboliza la buena fortuna, la riqueza y la prosperidad y en ocasiones se presenta como un deseo de buena suerte en los nuevos emprendimientos y proyectos empresariales así como de cambios significativos en la vida de un amigo o de un ser amado. Debido a que las hojas del lirio peruano se retuercen y adoptan la forma de espiral al crecer, cuando la regalas, puede significar un lazo irrompible a lo largo de los giros y vueltas de la vida.
Simboliza: la devoción y el apoyo mutuo entre dos amigos o familiar soportando
las pruebas de la vida cotidiana, construir tu vida personal encontrando nuevos amigos y potenciales conexiones románticas, seguir tus sueños y lograr tus aspiraciones tanto materiales como espirituales.
Las flores rosadas y las rojas muestran tu calidez y afecto hacia un amigo, mientras que las naranjas te mantienen trabajando para lograr tus objetivos. El blanco, el amarillo y el azul expresan tu preocupación por un ser querido que no se siente bien.

La Leyenda de las Astromelias

“Quien da una flor de Amancay está ofrendando su corazón”.

La tribu vuriloche vivía cerca de Ten-Ten Mahuida, que hoy se conoce como Cerro Tronador.
En aquel entonces, el hijo del cacique era un joven llamado Quintral. No había muchacha en la región que no suspirara al mencionar sus actos de valentía, su físico vigoroso, su voz seductora. Pero a Quintral no le interesaban los halagos femeninos. Él amaba a una joven humilde llamada Amancay, aunque estaba convencido de que su padre jamás lo dejaría desposarla. Lo que el joven guerrero no imaginaba, es que Amancay también sentía por él un profundo amor, y no se animaba a decirlo porque pensaba que su pobreza la hacía indigna de un príncipe. Tanto amor inconfesado encontraría pronto una dura prueba.
Sin aviso, se declaró en la tribu una epidemia de fiebre. Quienes caían víctimas de la enfermedad deliraban hasta la muerte, y nadie sabía cómo curarla. Los que permanecían sanos pensaban que se trataba de malos espíritus y comenzaron a alejarse de la aldea.
En pocos días, Quintral también enfermó. El cacique, que velaba junto a su hijo despreciando el peligro del contagio, lo escuchó murmurar, en pleno delirio, un nombre: “Amancay…”
No le llevó mucho averiguar quién era, y saber del amor secreto que sentían el uno por el otro. Decidido a buscar para su hijo cualquier cosa que le devolviera la salud, mandó a sus guerreros a traerla.
Pero Amancay ya no estaba en su casa. Se hallaba trepando penosamente el Ten-Ten Mahuida. La “machi”, la hechicera del pueblo, le había dicho que el único remedio capaz de bajar esa fiebre era una infusión, hecha con una flor amarilla que crecía solitaria en lo alto de la montaña.
Lastimándose manos y rodillas, Amancay alcanzó finalmente la cumbre y vio la flor abierta al sol.
Apenas la arrancó, una sombra enorme cubrió el suelo. Levantó los ojos y vio un gran cóndor, que se posó junto a ella levantando un viento terrible a cada golpe de sus alas. El ave le dijo con voz atronadora que él era el guardián de las cumbres y la acusó de tomar algo que pertenecía a los dioses.
Aterrada, Amancay le contó llorando lo que sucedía abajo, en el valle, donde Quintral agonizaba, y que aquellas flores y jardines eran su única esperanza.
El cóndor le dijo que la cura llegaría a Quintral sólo si ella accedía a entregar su propio corazón. Amancay aceptó, porque no imaginaba un mundo donde Quintral no estuviera, y si tenía que entregar su vida a cambio, no le importaba. Dejó que el cóndor la envolviera en sus alas y le arrancara el corazón con el pico. En un suspiro donde se le iba la vida, Amancay pronunció el nombre de Quintral.
El cóndor tomó el corazón y la flor entre sus garras y se elevó, volando sobre el viento hasta la morada de los dioses. Mientras volaba, la sangre que goteaba no sólo manchó la flor sino que cayó sobre los valles y montañas. El cóndor pidió a los dioses la cura de aquella enfermedad, y que los hombres siempre recordaran el sacrificio de Amancay.
La “machi”, que aguardaba en su choza el regreso de la joven, mirando cada tanto hacia la montaña, supo que algo milagroso había pasado. Porque en un momento, las cumbres y valles se cubrieron de pequeñas flores amarillas moteadas de rojo. En cada gota de sangre de Amancay nacía una pequeña planta, la misma que antes crecía solamente en la cumbre del Ten-Ten.
La hechicera salió al exterior, mirando con ojos asombrados el vuelo de un cóndor gigantesco, allá en lo alto. Y supo que los vuriloches tenían su cura. Por eso, cuando los guerreros llegaron en busca de Amancay, ella les entregó un puñado de las flores como única respuesta, y diciendo: “Aquí está el corazón de Amancay”.

Maka

El origen de San Valentín

Esta festividad cristiana, conocida mundialmente, tiene su verdadero origen en una festividad pagana, “Fiestas Lupercales”, que no tenía nada que ver con el amor sino con el sexo y la fertilidad que los romanos celebraban del 13 al 15 de Febrero, en honor de Lupercus, dios de la fertilidad.

Evandro, hijo de Mercurio y de una ninfa, llevó a los primeros itálicos hacia el monte Palatino donde fundó Palanteo, la ciudad que sería la abuela de Roma. Fue este rey mitológico quien ordenó la instauración de un festival donde se mezclaban las tradiciones antiguas de la caza y la trashumancia (el pastoreo nómada) con los rituales más complejos de las sociedades sedentarias. Sucede que en el hemisferio norte el 15 de febrero marca el final del invierno y el comienzo de la primavera, para los pueblos de la antigüedad se acercaba la época de comenzar a trabajar las tierras para la cosecha. Los rituales propiciatorios de la fertilidad, que bendijeran la tierra, eran de gran importancia para la supervivencia en un mundo donde una sequía o una plaga podían significar la aniquilación.

Los ítalos llegaron a la región de Lacio con sus dioses y también abrazaron el culto a deidades griegas, muy extendidas en el mundo Mediterráneo. Entre estos dioses se encontraba Pan, un fauno (una criatura mitad cabra y mitad hombre) dotado de un gran apetito sexual y que es el responsable de que hoy, según la tradición pagana, sepamos los secretos de la agricultura y el pastoreo. Un Prometeo lascivo, al que los pueblos antiguos del Lacio le devolvían el favor con grandes festividades sexuales y cambiándole el nombre por el de Fauno Luperco. Fue él quien había encontrado a Rómulo y a Remo en una cueva en el monte Palatino. La tradición más antigua afirma que se transformó en la loba que amamantó a los bebés para que no murieran. En su honor se celebraron, desde entonces, las grandiosas Fiestas Lupercales.

Eran seleccionados los jóvenes hijos de la aristocracia que habían cumplido un ritual previo de paso a la madurez que consistía en la supervivencia en las afueras de la ciudad durante semanas viviendo sólo de la caza. A estos jóvenes se les llamaba sodales lupercis (los amigos del lobo) o lupercos nombre que deriva de su comportamiento “salvaje” durante su rito de iniciación. Las Fiestas Lupercales arrancaban con un sacrificio ritual de animales domésticos.

Comenzaban sacrificando a un perro (símbolo de la impureza que moría con el invierno) y a varias cabras (símbolo de la prosperidad primaveral), luego los jóvenes lupercos eran untados en la sangre del perro usando el cuchillo ritual y, posteriormente, lavados con un trozo de lana bañado en leche. En ese momento lanzaban una enorme carcajada que anunciaba el comienzo de la festividad. El cuero de los animales sacrificados era cortado en finas tiras, llamadas fabruas, que los lupercos utilizaban para azotar a los presentes. Toda la fiesta se desarrollaba bebiendo grandes cantidades de vino y comiendo la carne de las cabras sacrificadas.

El acto de ser azotado por los lupercos suponía una purificación de los males del cuerpo y el alma, un despertar del apetito sexual y una mayor fecundidad en las mujeres. Se le llamaba februatio, una palabra que deriva de “pureza” en lengua etrusca. No estaba asociado a martirio alguno sino más bien a una desenfrenada actividad sexual colectiva, propiciatoria de la fertilidad. No por nada cuando los romanos comenzaron a consolidarse como una potencia imperial (que obtenía riquezas y alimentos de otras latitudes) las Fiestas Lupercales comenzaron a ser denunciadas como escandalosas por las propias clases dominantes que siglos atrás las fomentaban. Fueron finalmente prohibidas por el emperador cristiano Teodosio en 345 de nuestra era, que proscribió también todos los cultos paganos instaurando una tradición de intolerancia religiosa que se extiende hasta el día de hoy.

Esta fiesta pagana fue sustituida progresivamente por la conmemoración del martirio y muerte de San Valentín el 14 de febrero del año 270, hoy el Día de los enamorados. Según la leyenda, San Valentín era un sacerdote cristiano, anteriormente médico, que se opuso a ley que prohibía a los soldados casarse. El sacerdote desafió al Emperador Claudio II celebrando en secreto matrimonios para jóvenes enamorados. En consecuencia, el emperador Claudio ordenó encarcelar y matar a Valentín.
Valentín fue martirizado y ejecutado el 14 de febrero del año 270.
En su tumba Julia, la hija de un oficial romano al que había devuelto la vista Valentín, plantó un almendro de flores rosadas. De ahí que el almendro sea símbolo de amor y amistad duraderos.

 

“LES LETANIES DE SATAN”/”LETANÍAS DE SATÁN”, Charles Baudelaire

Stigma Diabøli

Stigma Diabøli

Ô toi, le plus savant et le plus beau des Anges,
Dieu trahi par le sort et privé de louanges,

Ô Satan, prends pitié de ma longue misère!

Ô Prince de l’exil, à qui l’on a fait tort
Et qui, vaincu, toujours te redresses plus fort,

Ô Satan, prends pitié de ma longue misère!

Toi qui sais tout, grand roi des choses souterraines,
Guérisseur familier des angoisses humaines,

Ô Satan, prends pitié de ma longue misère!

Toi qui, même aux lépreux, aux parias maudits,
Enseignes par l’amour le goût du Paradis,

Ô Satan, prends pitié de ma longue misère!

Ô toi qui de la Mort, ta vieille et forte amante,
Engendras l’Espérance, — une folle charmante!

Ô Satan, prends pitié de ma longue misère!

Toi qui fais au proscrit ce regard calme et haut
Qui damne tout un peuple autour d’un échafaud.

Ô Satan, prends pitié de ma longue misère!

Toi qui sais en quels coins des terres envieuses
Le Dieu jaloux cacha les pierres précieuses,

Ô Satan, prends pitié de ma longue misère!

Toi dont l’oeil clair connaît les profonds arsenaux
Où dort enseveli le peuple des métaux,

Ô Satan, prends pitié de ma longue misère!

Toi dont la large main cache les précipices
Au somnambule errant au bord des édifices,

Ô Satan, prends pitié de ma longue misère!

Toi qui, magiquement, assouplis les vieux os
De l’ivrogne attardé foulé par les chevaux,

Ô Satan, prends pitié de ma longue misère!

Toi qui, pour consoler l’homme frêle qui souffre,
Nous appris à mêler le salpêtre et le soufre,

Ô Satan, prends pitié de ma longue misère!

Toi qui poses ta marque, ô complice subtil,
Sur le front du Crésus impitoyable et vil,

Ô Satan, prends pitié de ma longue misère!

Toi qui mets dans les yeux et dans le coeur des filles
Le culte de la plaie et l’amour des guenilles,

Ô Satan, prends pitié de ma longue misère!

Bâton des exilés, lampe des inventeurs,
Confesseur des pendus et des conspirateurs,

Ô Satan, prends pitié de ma longue misère!

Père adoptif de ceux qu’en sa noire colère
Du paradis terrestre a chassés Dieu le Père,

Ô Satan, prends pitié de ma longue misère!

                 Prière

Gloire et louange à toi, Satan, dans les hauteurs
Du Ciel, où tu régnas, et dans les profondeurs
De l’Enfer, où, vaincu, tu rêves en silence!
Fais que mon âme un jour, sous l’Arbre de Science,
Près de toi se repose, à l’heure où sur ton front
Comme un Temple nouveau ses rameaux s’épandront!

– – – – – – –

Oh tú, el ángel más sabio y bello de los Ángeles,
Dios ajeno a la suerte y privado de alabanzas,

¡Oh, Satán, apiádate de mi enorme miseria!

Oh, Príncipe del exilio, a quien trataron injustamente
y que, vencido, aún te alzas más fuerte,

¡Oh, Satán, apiádate de mi enorme miseria!

Tú que todo lo sabes, gran rey de las cosas subterráneas,
curandero familiar de las angustias humanas,

¡Oh, Satán, apiádate de mi enorme miseria!

Tú que, incluso a los leprosos y a los parias malditos,
enseñas mediante el amor el sabor del Paraíso,

¡Oh, Satán, apiádate de mi enorme miseria!

Oh tú, que de la muerte, tu vieja y poderosa amante,
engendras la Esperanza- ¡una loca encantadora!

¡Oh, Satán, apiádate de mi enorme miseria!

Tú que das al marginado esa mirada calmada y elevado
quien condena a todo un pueblo alrededor de un cadalso,

¡Oh, Satán, apiádate de mi enorme miseria!

Tú, que sabes en qué rincones de las tierras envidiosas
el Dios celoso escondió las piedras preciosas,

¡Oh, Satán, apiádate de mi enorme miseria!

Tú, cuya mirada clara conoce los profundos arsenales
donde duerme amortajado el pueblo de los metales,

¡Oh, Satán, apiádate de mi enorme miseria!

Tú, cuya extendida mano oculta los precipicios
al sonámbulo que vaga al borde de los edificios,

¡Oh, Satán, apiádate de mi enorme miseria!

Tú que, mágicamente, ablandas los viejos huesos
del borracho rezagado atropellado por los caballos,

¡Oh, Satán, apiádate de mi enorme miseria!

Tú que, para consolar al hombre frágil que sufre,
nos enseñas a mezclar el salitre y el azufre,

¡Oh, Satán, apiádate de mi enorme miseria!

Tú que pones tu marca, oh cómplice sutil,
en la frente del Creso despiadada y vil,

¡Oh, Satán, apiádate de mi enorme miseria!

Tú que pones en los ojos y los corazones de las niñas
el culto a la herida y el amor a los harapos,

¡Oh, Satán, apiádate de mi enorme miseria!

Báculo de exiliados, lámpara de inventores,
confidente de ahorcados y de conspiradores.

¡Oh, Satán, apiádate de mi enorme miseria!

Padre adoptivo de aquellos a quienes en su negra cólera,
del paraíso terrenal expulsó Dios Padre,

¡Oh, Satán, apiádate de mi enorme miseria!

                 Oración

¡Gloria y alabanza a ti, Satán, en las alturas
del Cielo, donde reinas, y en las profundidades
del Infierno donde, vencido, sueñas en silencio!
¡Haz que mi alma un día, bajo el Árbol de la Ciencia,
cerca de ti descanse, a la hora en que sobre tu frente
al igual que en un templo nuevo sus ramas se expandan!

 

Poema publicado en la antología “Les fleurs du mal” (“Las flores del mal”) en 1857.

Traducción propia.

Maka

Cálido Sabor

” Y todos sus pensamientos se habían vuelto rojos: era incapaz de pensar en otra cosa que no fuera el cálido sabor cúprico, la efervescencia vital de la sangre.”

“Crónicas Vampíricas: Despertar”,

Lisa J. Smith

© 2015. Todos los derechos reservados por Maka RM.

© 2015. Todos los derechos reservados por Maka RM.

 

En homenaje a Christopher Lee (1922-2015).

D.E.P.

Nota: la sangre es real (mía).

Maka

Fragmento de “Canción de noche”, de Georg Trakl

“Mátame dolor. Quema la herida.
Este martirio es una cosa vana.
Mira cómo florece de mi herida
en la noche una estrella arcana.
Todo está consumado.
Muerte, sé humana.”

Herida

Nota: la sangre es real (mía).

Fragmento de “LA PEQUEÑA PASIÓN”, de Pilar Pedraza

No recordaba si le costó mucho decidirse a aplicar el filo a la carne, ni si la primera muñeca le dolió -creía que no-, ni si le fue difícil cortarse la segunda. Se lo pregunté porque es un extremo que siempre me ha intrigado en esta clase de suicidios. Sólo sabía que de pronto se encontró en un mundo luminoso, en pendiente hacia el sueño, y que sintió una felicidad increíble, supongo que como la que me produjo a mí la ingestión de un fuerte analgésico que me administraron en el hospital cuando me rompí la pierna, después de que Gabriel hurgara en ella y me pusiera un clavo. Aquella felicidad consistía en una profunda sensación de frescura acompañada de la convicción de que se está solo en el mundo, de que uno es Dios. Dijo que sobrevino la calma, y después nada.

(…) Se admiró de su propio valor: se lo había cortado todo, parecía mentira, venas, tendones, casi hasta el hueso. Y eso que se tenía así mismo por un cobarde. Pero no lo era: << Aquí está la prueba>>, dijo enarbolando ante mí sus muñecas vendadas como si fueran un trofeo.

© 2014. Todos los derechos reservados por Maka. "Fin de la Vie".

© 2014. Todos los derechos reservados por Maka. “Fin de la Vie”.

Nota: la sangre es real (mía).

 

“ODA A LA SANGRE”, de Ricardo Molinari

Esta noche en que el corazón me hincha la boca duramente,
sin pudor, sin nadie, quisiera ver mi sangre corriendo
[ por la tierra:
golpeando su cuerpo de flor,
-de soledad perdida e inaguantable-
para quejarme angustiosamente
y poder llorar la huida de otros días,
el color áspero de mis viejas venas.
Si pudiera verla sin agonía
quemar el aire desventurado, impenetrable,
que mueve las tormentas secas de mi garganta
y aprieta mi piel dulce, incomparable;
no, ¡las mareas, las hierbas antiguas,
toda mi vida de eco desatendido!

Quisiera conocerla espléndida, saliendo para vivir fuera de mí,
igual que un río partido por el viento,
como por una voluntad que sólo el alma reconoce.
Dentro de mí nadie la esperó. Hacia qué tienda o calor ajeno
[ saldrá alguna vez
a mirar deshabitada su memoria sin paraíso,
su luz interminable, suficiente.
Quisiera estar desnudo, solo, alegre,
para quitarme la sombra de la muerte
como una enorme y desdichada nube destruida.

Si un día no fuéramos tan extraños, defendidos,
que oyéramos gemir las hierbas igual que un sediento
[ hábito peregrino,
limpios del humor sucio, corruptivo,
me cortaría las venas de amor
para que se escuchase su retumbar;
para vestir mi cuerpo solitario
de un larguísimo fuego delicioso.

Pero no ha de llegar nunca ese tiempo mágico,
como no llega la felicidad
donde no vive el olvido, una voz muerta,
apagada voluntariamente.
Ni mar ni cielo ni flor ni mujer: nada;
nadie la ha visto llevar su rosa vulnerable,
su desierto extraviado entre inútiles bocas.
¡Qué duro silencio la cubre!
Ya no sé dónde llega o la distrae la vida
o desea dejarla
desprendida.
Dónde se angosta su piel imposible,
su lento signo enigmático: llama de esencia sin despedida.

A través de la carne va llorando,
metida en su foso sin cielo,
en su noche despreciada,
con su lengua eterna, contenida.
Qué gran tristeza la vuelve a la vida sin cansancio;
al reposo, cerrada.

¡La muerte inmensa vela su sueño sin alborada!

Nadie sabe nada, nunca. Nada.
Todo es eso. ¡Ansiedad vuelta hacia dentro,
sorda, detestable; alejada!

Majestuosa en su mundo obscuro, volverá a su raíz
indefinida, penetrante, sola.
Tal vez un río, una boca inolvidable,
no la recuerden.

© 2014. Todos los derechos reservados por Maka. "Sanguisorba".

© 2014. Todos los derechos reservados por Maka. “Sanguisorba”.

Ricardo Eufemio Molinari (1898 – 1996), poeta argentino.

Maka

“HIJO DE SANGRE”, Richard Matheson

Cuando los vecinos de la manzana se enteraron de la composición que había escrito Jules, decidieron definitivamente que el muchacho estaba loco. Hacía tiempo que lo sospechaban. Su mirada inexpresiva hacía estremecer a la gente. Y ese modo de hablar, áspero, gutural, no parecía normal en cuerpo tan frágil. La palidez de su piel asustaba a más de una criatura; parecía pender suelta por sobre la carne. Jules odiaba la luz del sol. Y sus ideas resultaban un poco fuera de lugar para la gente que vivía en la misma manzana. Jules quería ser un vampiro. Se tenía por cierto que había nacido en una noche de tormenta, mientras el viento arrancaba los árboles de raíz. Decían que al nacer tenía tres dientes, y que los usó para prenderse al pecho de su madre, sacándole sangre junto con la leche. Decían que al oscurecer ladraba y reía en su cuna. Que caminó a los dos meses, y que se sentaba a mirar la luna en las noches claras. Eso decía la gente. Los padres estaban muy preocupados por él. Como era el único hijo, repararon de inmediato en sus rarezas. Al principio lo creyeron ciego, pero el médico les dijo que se trataba sólo de una mirada vacía. Dijo que Jules, dado el gran tamaño de la cabeza, podía ser un genio o un idiota. Resultó ser idiota. Hasta los cinco años no pronunció una palabra. Entonces, una noche, al sentarse a la mesa, dijo: “Muerte”. Sus padres se sintieron confusos, entre la alegría y el disgusto. Finalmente encontraron el punto medio entre ambos sentimientos, y decidieron que Jules no debía saber qué significaba esa palabra. Pero Jules lo sabía. A partir de aquella noche, desarrolló un vocabulario tan amplio que cuantos lo conocían quedaban atónitos. No sólo aprendía de inmediato cuantos vocablos escuchaba, los que leía en los carteles, en las revistas y en los libros: además inventaba sus propias palabras. Como “sensanoche” o “matamor”. En realidad, eran varias palabras mezcladas y fundidas, y expresaban cosas que Jules sentía, sin que le fuera posible explicarlas con otro vocabulario. Solía sentarse en el porche mientras los otros niños jugaban a la rayuela o a la pelota. Miraba fijamente la vereda, y creaba sus palabras.Hasta la edad de doce años, Jules no buscó ningún tipo de problemas. Hubo, por cierto, una vez en que lo encontraron desvistiendo a Olivie Jones en un callejón, y en otra oportunidad lo descubrieron disecando un gatito en su propia cama. Pero transcurrieron varios años entre uno y otro episodio, y aquellos escándalos cayeron en el olvido. En general, durante toda su infancia no hizo nada peor que resultarles desagradable a quienes lo conocían. Asistía a la escuela, pero nunca estudiaba. Tardaba dos o tres años en aprobar cada grado. Todos los maestros lo conocían por su nombre de pila. En algunas materias, tales como lectura y redacción, era casi brillante. En otras, en cambio, no tenía remedio. A los doce años, un sábado, Jules fue al cine a ver “Drácula”. Cuando la película terminó, salió convertido en una masa de nervios palpitantes. Volvió a su casa y se encerró en el baño durante dos horas. Por mucho que los padres golpearon la puerta y gritaron sus amenazas, no salió. Finalmente apareció, a la hora de la cena, con un vendaje en el pulgar y una expresión satisfecha. A la mañana siguiente fue a la biblioteca. Era domingo. Durante todo el día aguardó a que abrieran el lugar, sentado en los escalones. Al fin volvió a su casa. Pero a la mañana siguiente, en vez de ir a clase, volvió a la biblioteca. Entre los estantes de libros localizó el tomo de “Drácula”. No podía retirarlo en préstamo, pues no era socio; para asociarse tenía que presentarse con el padre o la madre. Por lo tanto, se limitó a esconder el libro en el pantalón, y se marchó sin devolverlo. Fue al parque, y allí se sentó a leer el libro. Ya era de noche cuando terminó. Entonces volvió a empezarlo, mientras volvía a la casa, leyendo a la luz de las lámparas. De todos los reproches que se le hicieron por haberse salteado la comida y la cena, no oyó una palabra. Comió, fue a su cuarto y terminó el libro por segunda vez. Cuando le preguntaron de dónde lo había sacado, respondió que lo había encontrado en la calle. Pasaron varios días. Jules leyó aquella historia una y otra vez, y no volvió a la escuela. Por las noches, cuando el sueño y el cansancio lo vencían, la madre llevaba el libro a la sala para mostrárselo al esposo. Una noche notaron que Jules había subrayado ciertas frases con ideas temblorosas: “Los labios estaban rojos de sangre fresca, el surco había corrido por su barbilla, manchando la pureza de su mortaja”, o “Cuando la sangre comenzó a manar, me tomó las manos con una sola de las suyas, sujetándolas con fuerza; con la otra me impulsó por el cuello, oprimiendo mis labios contra la herida”. Cuando la madre vio aquello, arrojó el libro al depósito de basura. A la mañana siguiente, Jules descubrió la falta del libro, lanzó un grito y retorció el brazo a su madre hasta que ella le dijo dónde lo había escondido. El muchacho corrió al sótano y escarbó entre las montañas de desperdicios hasta encontrar su libro Con las manos y las muñecas sucias de borra de café y clara de huevo, volvió al parque y leyó nuevamente el volumen. Durante todo un mes, no hizo sino leerlo ávidamente. Por último, llegó a conocerlo tan bien que lo descartó: le bastaba con pensar en él. Los boletines de la escuela denunciaban sus constantes ausencias, y la madre le gritó. Por lo tanto, Jules decidió retornar por un tiempo. Quería escribir una composición. Un día la escribió en clase. Cuando todo el mundo hubo terminado, la maestra preguntó quién quería leer su composición en voz alta, y Jules levantó la mano. Fue toda una sorpresa para la maestra, pero se dejó llevar por la piedad y por el deseo de alentarlo. Le tomó la pequeña barbilla con una sonrisa, diciendo: —Muy bien. Atención, niños, Jules nos va a leer su composición. Jules se puso de pie, excitado. El papel le temblaba en las manos. Leyó. —“Mi ambición”, por… —Pasa al frente, querido. Jules pasó al frente de la clase. La maestra sonreía con afecto. Volvió a empezar. —“Mi ambición”, por Jules Drácula. La sonrisa de la maestra se desvaneció. —“Cuando crezca, quiero ser vampiro”. Los labios de la maestra se curvaron hacia abajo, y sus ojos se dilataron. —“Quiero vivir eternamente, y arreglar cuentas con todo el mundo, y convertir en vampiros a todas las muchachas”. ― ¡Jules! —“Quiero tener un aliento hediondo, que huela a tierra muerta, a criptas y a dulces ataúdes”. La maestra se estremeció. Sin poder creer en lo que oía, crispó una mano sobre el secante verde. Los niños estaban boquiabiertos. Se oían algunas risitas, pero no entre las niñas, por cierto. —“Quiero que mi cuerpo sea frío, y mi carne esté podrida. Quiero tener sangre robada en las venas”. —Con eso ba… ¡Ejemmmm! ―la maestra se aclaró ruidosamente la garganta—. Con eso basta, Jules —dijo. Jules siguió hablando, en voz alta y desesperada.
—“Quiero hundir mis dientes blancos, terribles, en el cuello de las víctimas. Quiero que…” —¡Jules! ¡Vuelve a tu asiento inmediatamente! —“Quiero que se claven como navajas en la carne y en las venas” —leyó Jules, en tono feroz. La maestra se levantó de un salto. Los niños temblaban. Ya no había risitas. —“Y después, cuando los retire, la sangre manará abundante en mi boca, me correrá cálidamente por la garganta y…” La mujer lo tomó por el brazo. Jules se desasió y escapó hasta un rincón. Allí, parapetado tras un banquito, gritó: —“¡Y sacaré la lengua, y deslizaré los labios por la garganta de mis víctimas! ¡Quiero beber sangre de mujer!” La maestra se lanzó en arremetida, sacándolo a la rastra de su rincón. Jules se defendió a zarpazos, y gritó durante todo el trayecto hasta la oficina del director: —¡Esa es mi ambición! ¡Esa es mi ambición! ¡Esa es mi ambición! Fue horrible. Con Jules encerrado en su cuarto, la maestra y el director celebraron una reunión con los padres, relatando la escena en tonos sepulcrales. En todas las casas de la manzana se discutía el mismo tema. Los padres, al principio, se negaron a creerlo, tomando la historia como invención de los niños. Pero acabaron por pensar que, si los chicos eran capaces de inventar tales cosas, habían estado criando a verdaderos monstruos. Y optaron por creerlo. Después de aquel episodio, todos observaban a Jules con mirada de gavilán. Evitaban el contacto con él. Los padres apartaban a sus hijos cuando lo veían aproximarse, y por todas partes corrían leyendas sobre él. Hubo más partes de ausencias escolares. Jules comunicó a su madre que no volvería a la escuela, y nada pudo hacerlo cambiar de idea. Jamás volvió. Cada vez que los funcionarios de inspección escolar visitaban su casa, Jules escapaba por los techos. Y así pasó un año. Jules vagaba por las calles en busca de algo, sin saber qué. Lo buscó en los callejones, en las latas de basura y en los terrenos baldíos. Lo buscó por el este, por el oeste y en el medio. Y no podía encontrarlo. Pocas veces dormía, y nunca hablaba. Se pasaba los días con la mirada gacha. Olvidó todas las palabras de su invención. Hasta que al fin… Un día, en el parque, Jules pasó por el zoológico. Frente a la jaula del murciélago vampiro, una corriente eléctrica pareció atravesarle el cuerpo. Los ojos se le dilataron, y sus dientes descoloridos lucieron en una sonrisa. A partir de aquel día, Jules volvió diariamente al zoológico, para contemplar al vampiro. Hablaba con él, llamándole “conde”. En el fondo de su corazón, lo consideraba en verdad como un hombre que había cambiado de forma. Le atacó nuevamente la sed de cultura. Robó otro libro de la biblioteca, donde se describía toda la vida salvaje. Encontró la página donde se hablaba del murciélago vampiro, la arrancó, y descartó el resto del libro. Aprendió de memoria aquel trozo. Aprendió cómo hace el murciélago la incisión, cómo lame la sangre, tal como un gatito lame su crema, cómo camina sobre las puntas de sus alas plegadas y sobre las patas traseras, tal como una araña negra y velluda. Por qué la sangre es su único alimento. Pasaron los meses. Jules seguía contemplando al murciélago y hablándole. Se convirtió en el único consuelo de su vida, el símbolo de los sueños hechos realidad. Un día, Jules notó que el tejido de alambre que cubría la jaula se había aflojado en el fondo. Echó una veloz mirada alrededor. Nadie lo miraba. El día estaba nublado, y no había mucha gente en el zoológico. Jules tironeó del alambre. Se movía un poco. En ese momento, un hombre salió de la jaula de los monos. Jules retiró la mano y se alejó a grandes pasos. Desde aquella noche, Jules esperaba a que todos le creyeran dormido, y pasaba descalzo junto al dormitorio de sus padres. Escuchaba los ronquidos del interior, y se calzaba apresuradamente para correr al zoológico. Si el guardián no estaba cerca, Jules tironeaba del alambre, que iba aflojándose cada vez más. Cuando llegaba el momento de volver a su casa, volvía a colocar el alambre en su sitio, para que nadie pudiera sospechar. Pasaba el día entero frente a la jaula, contemplando al “conde”; reía entre dientes, prometiéndole que pronto volvería a estar libre. Contaba al “conde” todo lo que sabía. Le contaba que pensaba practicar hasta poder bajar por las paredes cabeza abajo. Le decía que no se preocupara, que pronto estaría fuera de allí. Y entonces, juntos, podrían recorrer la zona y beber la sangre de las muchachas. Una noche, Jules quitó el alambre y se arrastró por debajo, hasta entrar a la jaula. Estaba muy oscuro. De rodillas, avanzó hasta la pequeña casilla de madera, y prestó atención, tratando de oír los chillidos del “conde”. Introdujo la mano por la puerta oscura, susurrando. Un aguijonazo en el dedo le hizo saltar. Con una expresión de inmenso placer, atrajo hacia sí a aquel murciélago velludo y palpitante. Salió con él de la jaula, y huyó a la carrera del zoológico y del parque, por las calles silenciosas. La mañana avanzaba. La luz iba poniendo un toque gris en los cielos sombríos. Pero Jules no podía volver a su casa. Necesitaba un lugar donde ir. Bajó por un callejón y trepó por un cerco, sin soltar al murciélago, que lamía la sangre del dedo herido. Cruzó un patio, y entró a un pequeño cobertizo desierto. El interior estaba oscuro y húmedo, lleno de cascotes, latas vacías, excrementos y cartones mojados. Jules se aseguró de que el murciélago no pudiera escapar. Después cerró la puerta y colocó un palo a modo de traba. El corazón le latía furiosamente, los miembros le temblaban. Dejó en libertad al murciélago. Éste voló hasta un rincón oscuro, y allí se colgó de unas tablas. Jules se arrancó febrilmente la camisa; sus labios se estremecieron en una sonrisa demencial. Sacó del bolsillo de sus pantalones una pequeña navaja que había robado a su madre. La abrió, y deslizó un dedo sobre la hoja; el filo le cortó la carne. Con una mano temblorosa, lanzó un golpe contra su propia garganta. La sangre corrió entre los dedos. —¡Conde! ¡Conde! —gritó, frenético de alegría—. ¡Beba mi sangre roja! ¡Bébame! ¡Bébame! Avanzó a tropezones entre las latas vacías, resbalando, mientras buscaba a tientas al murciélago. El animal se desprendió de un salto y voló, raudo, a través del cobertizo, para colgarse en el otro extremo. Por las mejillas de Jules se deslizaron dos lágrimas. Apretó los dientes. La sangre le corría por los hombros, por el pecho angosto y lampiño. El cuerpo entero se le estremecía, como atacado por la fiebre. Tambaleándose, se volvió hacia el otro extremo del cobertizo. Tropezó, y el borde agudo de una lata le abrió un tajo en el costado. Alargó las manos, y aferró el cuerpo del murciélago para ponérselo a la garganta. Se dejó caer de espaldas sobre la tierra húmeda y fría, y dejó escapar un suspiro. Con las manos apretadas contra el pecho, empezó a gemir, presa de náuseas. El murciélago negro, posado sobre su cuello, lamía silenciosamente la sangre. Jules sintió que la vida se le escapaba. Pensó en todos los años pasados. La espera, sus padres, la escuela. Drácula. Los sueños. Todo acababa allí, en esa gloria repentina. Abrió los ojos, y el interior de aquel cobertizo maloliente dio vueltas a su alrededor. La respiración se le hacía difícil. Abrió la boca para aspirar una bocanada de aire, pero le resultó desagradable. Tosió, y su cuerpo desnudo se agitó sobre el suelo frío. El cerebro se le iba cubriendo de neblinas, una sobre otra, como velos echados sobre él. De pronto, la mente se le iluminó con una espantosa claridad. Sintió el dolor agudo en el costado. Supo que yacía medio desnudo entre los desperdicios, dejando que un murciélago volador le bebiera la sangre. Con un grito ahogado, se irguió, arrancándose del cuello aquel bulto peludo y palpitante, y lo arrojó lejos de sí. El animal volvió, abanicándole el rostro con las alas vibrantes. Jules, con gran esfuerzo, se puso de pie y buscó la salida. Casi no veía. Trató de detener en parte la hemorragia, y logró abrir la puerta. Salió al patio oscuro y se dejó caer de boca sobre la hierba alta. Trató de pedir ayuda, pero sus labios no pudieron pronunciar sino un balbuceo ridículo. Oyó el batir de alas. Súbitamente, aquello cesó. Unas manos fuertes lo levantaron con suavidad. Su mirada agonizante se posó en el hombre alto y moreno, cuyos ojos fulguraban como rubíes. —Hijo mío —dijo el hombre.

En 2006 Michael McGruther dirigió un cortometraje de este relato del que, desafortunadamente, sólo he encontrado un breve fragmento absolutamente maravilloso…
Richard Matheson (Febrero 1926 – Junio 2013), escritor y guionista estadounidense de terror, fantasía y ciencia ficción.
Recientemente fallecido,  se nos ha ido uno de los más grandes del género oscuro.
¡D.E.P. Señor Matheson!
Maka