Intemporal

Al final de la calle vi emerger una negrura como funesta premonición.
Su lentísimo caminar arrastraba, además de su cuerpo, un terrible pesar. La lúgubre pena le tiñó el cabello de blanco en algún momento indeterminado, pensé.
La enlutada contrastaba con las personas que, en la concurrida calle, paseaban felices y despreocupadas aquel asfixiante mediodía estival.

¿Se podía estar más solo?

… su figura emanaba soledad …

Ella era la Soledad.

Un extraño sentimiento me escalofrió: por unos segundos su dolor fue mío.
Me vestí su anticuada, rota y sucia ropa. Y un sobrecogimiento: ¿por qué nadie la miraba? Observé en derredor con creciente pavor. Parecía que nadie, a excepción de mí, reparaba en aquella anciana. ¿Acaso sólo yo podía verla? De ser así, ¿qué mensaje encriptado portaba aquella visión?

Intenté, con una mezcla de respeto y pudor, adivinar sus ojos entre aquella penumbra cabizbaja que era su cara. Pero fue en vano. Entonces, una poderosa tentación de asirla del hombro me poseyó pero la asombrosa sensación de que se volatilizaría, como si de espejismo se tratara, me aterró y rehuí de mi intento.
Aquella anciana era ajena al tiempo y al espacio; de eso no tenía duda.
Perturbaba la idea de pensar si ella era consciente de su propia existencia.

Examinando la imagen inmortalizada con la misma expectación con la que se participa en una tirada de Tarot, trato de imaginar el derrotero que habría seguido mi vida si hubiera colmado mi tentación, asumiendo sin temor, su posible desvanecimiento.

Confieso que, tiempo ha de nuestro fortuito encuentro, lo que realmente me asustaba era mi propia aniquilación, pues de haber cruzado palabra con aquel espectro andante, mi garganta hubiera pronunciado, con susurro gutural:

<< ¡Oh, viajera intemporal,

 compañía peregrina,

llévame envuelta en tu sombrío gabán! >>

© 2016. Todos los derechos reservados (texto y fotografía) por Maka RM.

 

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