“ELOGIO DE LA FUGACIDAD”, de José Emilio Pacheco

Triste que todo pase…
Pero también qué dicha este gran cambio perpetuo.
Si pudiéramos
Detener el instante
Todo sería mucho más terrible.
¿Pueden imaginar a Fausto de 1844, digamos,
Que hubiera congelado el tiempo en un momento preciso?
En él hasta la más libre de las mujeres
Viviría prisionera de sus quince hijos
(Sin contar a los muertos antes de un año),
Las horas infinitas ante el fogón, la costura,
Los cien mil platos sucios, la ropa inmunda
—Y todo lo demás, sin luz eléctrica y sin agua corriente.
Cuerpos sólo dolor, ignorantes de la anestesia,
Que olían muy mal y rara vez se bañaban.
Y aún después de todo esto, como perfectos imbéciles,
Nos atrevemos a decir irredentos:
<<Qué gran tristeza la fugacidad,
¿Por qué tenemos que pasar como nubes?>>

© 2015. Todos los derechos reservados por Maka RM.

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“PREHISTORIA”, de José Emilio Pacheco

A la memoria de Jaime Sabines

 1

En las paredes de esta cueva pinto el venado

para adueñarme de su carne,

para ser él,

para que su fuerza y su ligereza sean mías

y me vuelva el primero

entre los cazadores de la tribu.

En este santuario

divinizo las fuerzas que no comprendo.

Invento a Dios,

a semejanza del Gran Padre que anhelo ser

con poder absoluto sobre la tribu.

En este ladrillo

trazo las letras iniciales,

el alfabeto con que me apropio del mundo al simbolizarlo.

La T es la torre y desde allí gobierno y vigilo.

La M es el mar desconocido y temible.

Gracias a ti, alfabeto hecho por mi mano,

habrá un solo Dios: el mío.

Y no tolerará otras deidades.

Una sola verdad: la mía.

Y quien se oponga a ella recibirá su castigo.

Habrá jerarquías, memoria, ley:

mi ley: la ley del más fuerte

para que dure siempre mi poder sobre el mundo.

 

2

Al contemplar por vez primera la noche

me pregunté: ¿será eterna?

Quise indagar la razón del sol, la inconstante

movilidad de la luna,

la misteriosa armada de estrellas

que navegan sin desplomarse.

Enseguida pensé que Dios es dos:

la luna y el sol, la tierra y el mar, el aire y el fuego,

O es dos en uno:

la lluvia / la planta, el relámpago / el trueno.

¿De dónde viene la lumbre del cielo?

¿La produce el estruendo?

¿O es la llama  la que resuena al desgarrar el espacio?

(como la grieta al muro antes de caer

por los espasmos del planeta

siempre en trance de hacerse).

¿Dios es el bien porque regala la lluvia?

¿Dios es el mal por ser la piedra que mata?

¿Dios es el agua que cuando falta aniquila

y cuando crece nos arrastra y ahoga?

A la parte de mí que me da miedo

la llamaré Demonio.

¿O es el doble de Dios, su inmensa sombra?

Porque sin el dolor y sin el mal

no existirían el bien ni el placer,

del mismo modo que para la luz

son necesarias las tinieblas.

Nunca jamás encontraré la respuesta.

No tengo tiempo. Me perdí en el tiempo.

Se acabó el que me dieron.

 

3

Ustedes, los que escudriñen nuestra basura

y desentierren puntas de pedernal, collares de barro

o lajas afiladas para crear muerte; figuras de mujeres en que intentamos

celebrar el misterio del placer

y la fertilidad que nos permite seguir aquí contra todo

-enigma absoluto

para nuestro cerebro si apenas está urdiendo el lenguaje-,

lo llamarán mamut.

Pero nosotros en cambio

jamás decimos su nombre:

tan venerado es por la horda que somos.

El lobo nos enseñó a cazar en manada.

Nos dividimos el trabajo, aprendimos:

la carne se come, la sangre fresca se bebe,

como fermento de uva.

Con su piel nos cubrimos.

Sus filosos colmillos se hacen lanzas

para triunfar en la guerra.

Con los huesos forjamos

insignias que señalan nuestro alto rango.

Así pues, hemos vencido al coloso.

Escuchen cómo suena nuestro grito de triunfo.

Qué lástima.

Ya se acabaron los gigantes.

Nunca habrá otro mamut sobre la tierra.

 

4

Mujer, no eres como yo

pero me haces falta.

Sin ti sería una cabeza sin tronco

o un tronco sin cabeza. No un árbol

sino una piedra rodante.

Y como representas la mitad que no tengo

y te envidio el poder de construir la vida en tu cuerpo,

diré: nació de mí, fue un desprendimiento:

debe quedar atada por un cordón umbilical invisible

Tu fuerza me da miedo.

Debo someterte como a las fieras tan temidas de ayer.

Hoy, gracias a mi crueldad y a mi astucia,

labran los campos, me transportan, me cuidan,

me dan su leche y hasta su piel y su carne.

Si no aceptas el yugo,

si queda aún como rescoldo una chispa de aquellos tiempos

en que eras reina de todo,

voy a situarte entre los demonios que he creado

para definir como El Mal cuanto se interponga

en mi camino hacia el poder absoluto.

 

© 2014. Todos los derechos reservados por Maka. "De tiempos remotos".

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José Emilio Pacheco (Ciudad de México, 30 de junio de 1939 – Ib., 26 de enero de 2014), poeta, ensayista, novelista, cuentista, investigador, periodista y traductor mexicano, integrante de la llamada «Generación de los cincuenta» o «Generación de medio siglo». Ha aportado importantes conocimientos de investigación en los campos de la Antropología y la Historia.

Maka